Del Buen Poder, el (nuevo) gobierno y la estructura mental del poderoso

Por Dalila Platero, Presidenta del Grupo Expansión


Se habla del poder, de sus efectos múltiples y de los males que acarrea a la sociedad, pero a pesar de la cuantiosa bibliografía al respecto –que alcanza su máxima expresión en Maquiavelo– poco se ha analizado en cuanto a las formas en que sus protagonistas actúan en sus predios.

Hannah Arendt y Alexandre Kòjeve podrían considerarse los adalides del tema.
Kòjeve, en especial. Él fue un filósofo ruso nacido en 1902, cuya apasionante biografía lo sitúa en París, donde atrae a escritores tan importantes como Jacques Lacan, Georges Batáille, Raymond Aron, Maurice Merlau-Ponty, entre tantos. El profundo estudio de François Terrè sobre el libro de Kòjeve La noción de autoridad, nos permite comprender la dinámica del poder como “la posibilidad que tiene un agente de actuar sobre los demás (o sobre otro) sin que esos otros reaccionen contra él, pese a ser capaces  de hacerlo”.

Todo esto anuncia el peligro de la sumisión a los dictados de una fuerza de autoridad poderosa, que no admita la diversidad de opiniones e ideas diferentes a las emanadas de lo que Kòjeve llama el “poder del Amo”.

Ya tengo el poder
En este momento en el Perú contamos en el gobierno con una figura potente, que en el pasado exhibió tendencias megalómanas, pero que ofrece señales de querer salir de ese estado, o que por lo menos hizo consciente la necesidad de neutralizar las características de personalidad que llevan al autoritarismo. Por ello, habría que plantear algunas recomendaciones al equipo de ministros y sus allegados llamados a lidiar con las acciones y decisiones del nuevo presidente.

El presidente Alan García ha elegido un gabinete de lujo, cuya misión principal debería orientarse a crear espacios de conducción saludables que marquen una nueva vida efectiva para el país. Un enjundioso estudio del filósofo ecuatoriano José Sánchez-Parga nos ayuda a reflexionar sobre las teorías maquiavélicas, aún valiosas y vigentes.
“Maquiavelo fue un caso excepcional entre los políticos que pensaron la política: mostró que ni el poder ni la política pueden ser pensados siempre de la misma manera, ya que cada época impone una modalidad distinta de pensar políticamente, aun cuando los que no cambian son los principios, categorías y relaciones del poder y el objeto de la política: el deseo de dominar y de no ser dominado; conquistar, mantener y no perder lo conquistado”.

Son tantos los axiomas atribuidos a Maquiavelo que nunca sabremos si los que siguen los inventó él o alguno de sus intérpretes, pero aprovechamos los rescatables:

-“Cuando una flecha abandona el arco, nunca regresa”

-“Diez países se conocen más rápidamente que algunos hombres”

-“En la tormenta, ruegue a Dios, pero reme hacia la costa”

-“Los lobos pierden la dentadura, pero no su naturaleza”

-“De quince que adulan por lo menos mienten catorce”

-“Créale al hombre, no al juramento”

-“Cuanto más se habla, más se miente”

-“Nunca se preocupe por el mañana. Mañana puede heredar un millón de dólares o ser aplastado por un camión. O heredar un millón de dólares y ser aplastado por un camión”.

Poderes y colores
Existen numerosos estereotipos sobre el poder, su afán y su ejercicio.
Cualquier persona tiene una natural necesidad de poder que nace del deseo primitivo de ser querida. Y es ahí donde se confunden las cosas. “Me quieren, ergo, tengo poder sobre el otro y puedo adueñarme de él/ella porque la posesión me da la seguridad del dominio y en consecuencia puedo sobresalir, tener visibilidad, ser distinto, ser superior”.
De ahí la perversión en el tan usado modelo de “empowerment”, que es algo así como el viejo resabio del mundo de los Borgias.

“Le doy poder a otros, para que a su vez tengan poder sobre otros inferiores a los que se concede la gracia de ejercer autoridad.” Aquí aparece la idea maquiavélica del concepto de “colorear”. “Se colorean –dice Sánchez-Parga– las intenciones que no conviene hacer conocidas, pero hay que saber si las circunstancias son idóneas para colorear las intenciones (Dei Popoli pp.15), pues no siempre ni en cualquier momento es propicia una circunstancia para disfrazar las intenciones”.

El poder se “colorea” de distintas maneras cuando hacemos partícipes a los que nos rodean de la autoridad que ostentamos. Pero ¿cómo estimar conservar el rigor de lo que sustentamos y creamos cuando cedemos a las delicias de los poderes conferidos? ¿Tenemos la fuerza, la grandeza, el coraje de decir “no” al mandamás  o tememos perder el tan codiciado poder con el que nos han revestido? ¿Podemos ayudarlo o enfrentarlo con posibles errores a expensas de la pérdida de nuestros roles de poderhabientes?

¿Cómo hacer para que alguna fuerza cósmica lo ilumine y no ceda a la fácil tentación de escuchar a los imberbes, los subyugados, los interesados, los que Maquiavelo llamaba los “grandíssimo simulatore”? Nuevamente en las palabras de Sánchez-Parga: “Toda elaboración teórica sobre la astucia y el engaño no indica más que una doble crisis de la cultura política”.

La encuesta del Poder de Semana Económica, que revela un sano optimismo de la ciudadanía –de sus líderes de opinión al menos–, podría tirar por la borda estas reflexiones sobre los aspectos ominosos del poder. Pero si lo vemos desde una visión hermenéutica, nos aproximamos con alegría a visualizar un panorama lleno de buenas predicaciones.

Al presidente García le ha sido dado –más allá de sus talentos y errores del pasado– una oportunidad histórica poco común: un mundo de percepciones con connotaciones altamente positivas en cuanto a lo que podrá hacer y con quienes; profesionales talentosos, probos y con verdadera vocación de servicio. Es una intención saludable, es él, el responsable de hacer fructificar y enaltecer el quehacer de su equipo y el quipo en un verdadero ejercicio de “team-building”, aprovechar los mutuos talentos para fortalecer y equilibrar las fuerzas del conjunto (véanse los resultados de las preguntas sobre quiénes influyen en él, y a quiénes no debería escuchar).

Pero todo esto no puede ceñirse a deseos románticos e idealizados sino que exige un rigor de atención vigilante a las desviaciones, a las “torceduras” del poder, al no querer ver o enfrentar los inevitables fracasos que habrá en la gestión, las renuncias a aceptar las fallas y debilidades personales, los arrebatos de narcisismo o los juegos de intriga palaciegos.

 

Publicado en Sema Económica No. 1037, 17 de setiembre de 2006

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