Elecciones regionales y partidos políticos

Por Alberto Vergara Paniagua Profesor de ciencia política en la Universidad Católica del Perú y en la Universidad del Pacífico, y doctorado de la Universidad de Montreal.


¿En qué desembocarán las tendencias políticas recientes?

¿Cómo observar las elecciones regionales y municipales de noviembre próximo? Podría optar por un repaso de las diferentes candidaturas en regiones y municipios del país. Podría –presuntuosamente– evaluar gestiones, señalar con el dedo índice a los reprobados y dejar caer un aplauso para los correctos. Pero ese texto no hablaría del poder en el Perú, hablaría de los poderes en el país, de los cacicazgos y sus desafíos –o zalamerías– hacia el poder central. Prefiero centrarme en estas elecciones de una manera menos involucrada, relacionándolas con las generales de abril y junio y, en términos generales, con el proceso político nacional de los últimos años y sobre aquello que podríamos esperar de ellas.

En 1989 el triunfo de Ricardo Belmont abrió un ciclo político: el de los independientes. No me refiero únicamente a aquello que en el Perú nos hemos acostumbrado a definir como outsider (Fujimori, Toledo, Humala), sino, fundamentalmente, a una forma inorgánica de hacer política en la que tanto el poder local como el nacional se articulan alrededor de individuos sin ideas generales y sin otra ambición que la próxima elección (de cualquier nivel). El antídoto para esta política de la avaricia –que genera inestabilidad y desconfianza– son los partidos políticos…exitosos. (Y aquí el Apra es, desde luego, el principal aludido. Un mal gobierno aprista asentaría nuestra política de chaveta y corto plazo). Entonces, decía, hacen falta partidos políticos.

Desde 1990 hasta el 2000, las segundas vueltas de cada elección general enfrentaron a dos outsiders. Que los valoremos moralmente, de mejor o peor manera, no opaca un hecho central: Fujimori sólo venció a candidatos que también eran outsiders. El 2001 trajo una novedad –el Apra peleó la segunda vuelta– y en el 2006 se quebró el maleficio: un partido político le ganó al outsider. De la inexistencia al triunfo, al menos un partido ha vuelto. 

Ahora bien, ¿la vuelta del Apra implica la vuelta de los partidos? Podría ser. De un lado, Humala ha puesto al linaje de los outsiders en una situación difícil: por primera vez uno de ellos ha perdido contra un (los) partido(s) político(s). Y, por lo tanto, por primera vez hemos visto lo que significa un outsider fuera del poder: un despelote regado por la frustración de haber visto pasar el poder de cerca. Al ciudadano le queda claro lo que un gobierno de ese tipo habría traído al país. De otro lado, el outsider perdedor no tiene cómo cuajar un partido o movimiento. Ni siquiera Toledo desde el Estado consiguió hacerlo y siempre temió a su bancada casi tanto como a la de oposición. Así, Humala ha quedado en evidencia, sin partido y con elecciones en el corto plazo. El outsider saldrá aun más debilitado de las próximas elecciones y esto debería favorecer a nuestros pocos partidos.

No obstante, nuestros partidos tampoco están en posición de beneficiarse tan fácilmente del nuevo terreno. Como señalé antes, el principal contendor de los partidos políticos son los “independientes”, género cuya especie más exitosa, a nivel nacional, son los outsiders. El gran desafío de los partidos políticos es imponerse –no sólo en elecciones generales sino también en las locales y regionales– a los independientes. Mientras las elecciones locales sigan siendo dominadas ampliamente por “independientes” la vuelta de los partidos será una ilusión.

Hace algunas semanas, Sinesio López hizo una comparación interesante, afirmó que el país luego de las elecciones generales de abril quedaba con una configuración política similar a la de los años ochenta. El Apra volvía a ser el centro del tablero, los partidos de derecha con algunos matices volvían a estar ahí y, por el otro lado, en vez de Izquierda Unida aparecían los humalistas. La idea es interesante y se parece a la que alguien ya dijera en los cincuenta y sesenta en el Perú, aquello de las votaciones por tercios. No obstante, tengo algunas atingencias a tal visión. En los ochenta había un sistema de partidos y al humalismo yo no le daría de ninguna manera el estatus que tuvo Izquierda Unida. De otro lado, y fundamentalmente, aquello era un sistema porque la composición del voto era más o menos similar en las elecciones nacionales y en las elecciones municipales. Un sistema de partidos fuerte se reproduce a cada escala donde se distribuya el poder. Así, dudo que esa forma de votación de la elección general se reproduzca a todos los niveles como sí ocurría en los ochenta.

Comparemos algunos resultados. En la elección presidencial de 1980 los cuatro partidos políticos nacionales obtuvieron el 96.8% de los votos válidos y los independientes apenas el 3.2%. En 1983, los mismos cuatro partidos (en diferentes proporciones) recogieron el 93% del electorado en los municipios del país. Los independientes siguieron siendo minoritarios. Estas dos votaciones confirman que el Perú tenía una vida política estructurada a partir de partidos donde, efectivamente, las demandas sociales eran canalizadas por ellos, pues tanto a nivel nacional como local son ellos quienes pueden obtener el poder.

Ahora veamos la elección general del 2001, cuando la composición del voto fue similar a la del 2006. Los partidos políticos no superaron el 50% y el resto fue recolectado por los independientes. Ahora bien, agravemos las diferencias, pasemos a las elecciones municipales del 2002. Si tomamos las alcaldías distritales, los partidos políticos no recolectaron ni siquiera el 20% de los votos (estoy considerando como partidos políticos al Apra y a Unidad Nacional). Así, durante la presente década, ni la vuelta del partido más importante ni el esfuerzo hecho por Unidad Nacional nos ha devuelto a una situación en la que estos partidos tengan importancia a nivel local y, por lo tanto, podamos hablar de un sistema de partidos.

Sin embargo, algunas cosas podrían haber cambiado, como ya señalamos. Por primera vez el outsider perdió, y eso no es poco. Esperemos que esto rebote en una menor presencia de los independientes a todo nivel en las próximas elecciones locales. Esta es la única forma de cotejar si los partidos políticos, efectivamente, están teniendo una reformulación que nos permitiría pensar en un renovado sistema de partidos. Si los resultados en las próximas elecciones municipales y regionales no difieren gran cosa de aquellos obtenidos en los años noventa o en el 2000, vale decir, si los independientes siguen acaparando la mayor parte de la torta electoral, la ilusión de una vida política alrededor de partidos se habrá estrellado una vez más. Por el contrario, si los independientes pierden el paso y los partidos políticos nacionales lo recuperan podríamos estar ante la evidencia de un protosistema de partidos. Mientras eso no ocurra es muy aventurado creer que las votaciones son siempre similares en el Perú (la teoría de los tercios) o que tenemos un tablero político similar al de los años ochenta.
¿Como se lee esta problemática en la encuesta del poder? Los entrevistados no parecen muy convencidos respecto de un futuro sistema de partidos. La mayoría piensa que el Apra será el vencedor de la justa. Ahora bien, hace falta aclarar que las elecciones regionales no son las distritales o provinciales. Es en éstas y no en aquéllas cuando la real fortaleza de los partidos debe ser medida. Aun así, el “espíritu’ de las respuestas debe apuntar a que es solamente el partido en el poder el que podrá sacar provecho de la nueva configuración política. Los independientes seguirán siendo importantes. Unidad Nacional, por su parte, seguirá defraudando fuera de Lima. Y entonces la pregunta asoma: ¿hasta cuándo tendremos este singular y desordenado sistema que Martín Tanaka ha llamado democracia sin partidos?

Publicado en Semana Económica No. 1037, 17 de setiembre de 2006

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