Nuevo poder corporativo, viejos problemas políticos

Por Francisco Durand, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Texas en San Antonio


Escribir sobre los grandes Grupos de Poder Económico (GPE) en el Perú no toma mucho tiempo. La razón es simple: cada vez quedan menos. La explicación de esta tendencia requiere ponerla previamente en contexto.

La economía peruana tiene algunas características permanentes y otras nuevas que se revelan en la composición y peso de su clase empresarial. Sigue siendo, a pesar de los cambios de modelo, una economía dual, con un componente legal y otro no legal o subterráneo (sector informal y delictivo). La base de la pirámide empresarial es la pequeña y mediana empresa, que es fundamentalmente nacional. En la punta, predominan las grandes corporaciones privadas. En ese sentido, poco ha cambiado.

Sin embargo, una mirada al interior del vértice nos habla de cambios profundos, al punto que podemos afirmar que existe una nueva clase empresarial. Habiendo sido relegado el gran poder empresarial estatal, las grandes corporaciones privadas que han cobrado importancia son básicamente extranjeras: empresas multinacionales de países desarrollados (principalmente EEUU, España y Canadá) y los GPE de algunos países vecinos (Chile, Brasil en menor medida y Colombia). El peso y presencia de los viejos "Doce Apóstoles", que reinaran como vanguardia del capital nacional junto con el Estado en 1985, se ha reducido considerablemente. Varias crisis, el familismo, la privatización y el shock competitivo son responsables de este ignorado achicamiento.

La gran pregunta, entonces, que muchos de los propulsores del modelo de la década pasada evitan hacer, es por qué ha ocurrido este desplazamiento. Yo tengo algunas hipótesis.

Grupos desplazados
En primer lugar, han ocurrido crisis sucesivas seguidas de períodos breves y poco auspiciosos de desarrollo que han debilitado profundamente al capital nacional (1978, 1984, 1989, 1998). Este es un factor general, con efectos diferenciados difíciles de precisar. En segundo lugar, casi todos los GPE perdieron porque estuvieron operando con economías sobreprotegidas y subsidiadas que fueron eliminadas con el nuevo modelo. A ello se le sumó el shock competitivo que contribuyó a eliminarlos o hacerlos a un lado. En tercer lugar, debe mencionarse que el carácter cerradamente familista de algunos viejos GPE hizo que no pudieran adaptarse al cambio, muriendo como si fueran dinosaurios en la era glacial.

En el caso Nicolini, se mezclaron el segundo y el tercer factor. En el caso Piaggio, fue sobre todo el tercero. En muchos otros GPE, el shock competitivo obligó a que importantes industrias cerraran o se vendieran, reduciéndose el campo de acumulación. 

En cuarto lugar, la entrada masiva del capital extranjero con gran poder financiero provocó a partir de 1994 una guerra de precios y una política agresiva multinacional de "te quiebro o te compro". Esta ofensiva ocurrió sobre todo en rubros en los que el capital nacional era competitivo y el consumidor nacional no se dejó tentar por nuevas marcas o productos importados. Así ocurrió con el grupo Fierro (tabaco, comprado por BAT), el grupo Bentín (cerveza, comprado por el grupo Bavaria), y en la pérdida de ciertas empresas de algunos grupos (Magia Blanca, del grupo YiChang; D'Onofrio, del grupo Rodríguez). 

Quinto, y como un efecto más preciso del shock, la entrada masiva del capital extranjero en la banca llevó a un proceso de compras y absorciones de cadenas bancarias nacionales que debilitaron la presencia financiera del capitalista nacional. La entrada se inició con la venta del Banco de Lima (Grupo Olaechea) al Sudameris. Luego, aumentó en la crisis financiera de 1998, coyuntura que debilitó a muchos GPE nacionales grandes y medianos, antiguos y emergentes, especialmente los que tenían brazos financieros. Ese fue el destino del Banco Wiese (grupo Wiese) y el Banco Latino (Grupo Picasso Salinas) que cambiaron de manos. Sucumbieron también los bancos de varios grupos: NBK del grupo Galski, Nuevo Mundo del grupo Levy, ambos judío-peruanos, y el Banco Orión del grupo arequipeño Lucioni. La crisis de 1998 y los problemas fiscales que condujeron a una abrupta parálisis de obras públicas también debilitó considerablemente a los grupos constructores (Picasso, Graña y Montero), aunque han sobrevivido gracias a sus empresas cibernéticas y una cierta expansión en el exterior, indicio de una competitividad limitada.

Sexto y último, han ocurrido crisis de sucesión familiar que han debilitado o desangrado a algunos grupos en momentos que enfrentaban una fuerte competencia. Tal fue el caso del grupo Delgado Parker (muy disminuido luego de la guerra de familia por el control de Panamericana) y del grupo minero Arias Dávila (San Ignacio de Morococha).

Los que quedan
Este debilitamiento progresivo, causado por los factores arriba anotados, se siente mucho entre los más grandes GPE: los "apóstoles". Y ello ha ocurrido a pesar de que gozaron de alto nivel de acceso al Estado -que organizó costosas políticas de rescate en 1999 y 2000 que evitaron en algunos casos la desaparición total de algunos de ellos (Wiese y Picasso, por ejemplo)-. También tuvieron un respiro de tres años, porque la entrada fuerte del capital extranjero empieza en 1994 y la oportunidad de privatización estuvo presente desde 1990. Estos factores les dieron cierto aliento; aún así el debilitamiento y desplazamiento ha predominado antes que la adaptación o reconversión exitosa y la asociación inteligente y paritaria con el capital extranjero.

De los 12 grandes "apóstoles", quedan básicamente cinco. Todos ellos adaptados bien al cambio de políticas (es decir, con reingenierías eficaces), sin enfrentar crisis de sucesión (o resolviéndolas bien), aún ubicados en nichos rentables y con suficiente palanqueo financiero como para seguir operando. De los cinco que quedan, sólo dos realmente merecen el calificativo de grandes: Romero y Brescia. 

El primero, luego de haber absorbido al grupo Nicolini y al grupo Bunge & Born de Argentina, comanda el gigante agroalimentario Alicorp y lidera el Banco de Crédito del Perú, el primero del país y uno de los 10 más grandes de Sudamérica. Maneja el puerto de Matarani y tiene numerosas empresas en buen pie, aunque vendió sus acciones en Backus y las AFP. Brescia, además de su parte en el BCP, ha entrado con fuerza al campo bancario en el Continental, el  banco número dos, asociado al BBVA de España.
Se mantiene en minería (Minsur), seguros (Rímac), turismo y otras actividades comerciales e industriales. De éstos, y a pesar de lo que las encuestas digan, no es Dionisio Romero, sino el dúo de los hermanos Brescia Caferatta el que más fuerza tiene.

Su amor al silencio y su poca necesidad actual de "mejora de imagen" influyen en la percepción que se tiene de su poder. 

Los que quedan son, en orden de importancia, Ferreyros y Benavides de la Quintana. El primero es manejado por un hábil gerente, Oscar Espinoza (habiendo, por lo tanto, superado los problemas de sucesión), y que está bien ubicado en el negocio de importación de maquinaria pesada. Junto a él, quizás con un poco más de peso, está Benavides de la Quintana, en el tradicional rubro exportador de plata, revivido gracias a la asociación con Newmont en la fabulosa mina de Yanacocha. No tiene problemas de sucesión, al menos no que se vean. Habría que ver qué ocurre cuando don Alberto, el patriarca, deje el mando. Finalmente está el grupo Raffo, con presencia en la exportación de confecciones (San Cristóbal), aunque habiendo sufrido bastante a partir de 1998 en el rubro de construcción de edificios (LP Holding). La paralización de obras en Camino Real, al lado del centro comercial que construyeron, es un indicio de ello. Ha podido, sin embargo, seguir el mando compartiendo el poder con sobrinos.

Ciertamente, otros GPE que no estaban en la lista de grandes "apóstoles" deben ser mencionados. Me refiero a los de origen chino, YiChang y Wong. Ambos son familistas, pero no tienen problemas de sucesión (o ya los han resuelto). YiChang ha logrado incorporar nuevos elementos de la familia Wu. Los descendientes de don Erasmo Wong tienen talento empresarial, base académica y proyección internacional. No debemos olvidar tampoco al gigante Gloria, del grupo Rodríguez, cerrado y familista como ninguno, pero aún sin necesidad de cambios de dirección. Este grupo ha avanzado en el rubro de lácteos, ganando "la guerra de las leches". Además, absorbió la parte papelera al grupo Majluf y ha entrado en cemento (rubro de difícil importación y fácil venta al sur del país) gracias a privatizaciones. Tuvo que vender D'Onofrio y no pudo mantener las empresas eléctricas del norte.

Nuevos grupos no hay, al menos no de los grandes. Existen, sin embargo, algunos aspirantes de nota, como es el caso de Añaños, de Kola Real, que ha logrado un 20% del mercado de gaseosas compitiendo con precios bajos y que audazmente ha abierto plantas en el exterior. Pero esta golondrina ayacuchana no anuncia un verano. Lo que sugiere es que el éxito empresarial en el nuevo modelo es más bien excepcional.

El gran capital nacional corporativo, que se conglomeró como expresión de su desarrollo empresarial y su gran poder, ha sido debilitado en crisis sucesivas, y ha perdido peso por aferrarse a rentas y tradiciones familiares, porque no resistieron la oferta de compras, o por la competencia. Ahora poseen menos y son menos. Quienes comandan la economía son las grandes multinacionales. La estructura económica, entonces, no sólo ha cambiado por haberse privatizado y concentrado. También se ha desnacionalizado.

Luces y sombras
El nuevo poder corporativo ha adquirido enorme influencia sobre los medios de comunicación, pero su imagen en la opinión pública se ha debilitado. La mayor influencia en medios se explica en parte porque las corporaciones han invertido en ellos (Bavaria en Canal 4; Graña y Montero en El Comercio). Pero hay otros factores presentes, como la dependencia de inversiones en publicidad. Otro, más preocupante, es que, dado que algunos medios de prensa han alojado más corrupción (corporativa y periodística) en los últimos años que otras instituciones, no le resulta difícil a quien tiene más recursos pagar para evitar noticias negativas y obtener prensa positiva. Hay tres ejemplos claros de estos factores: la manera casi apologética como la mayoría de la prensa trató la polémica de las empresas eléctricas y Barrick alrededor de la exoneración del Impuesto a la Renta; el escándalo Bavaria, centrado en Almeyda más que en la empresa; y la manera como se reporte la "solución" a los casos judiciales pendientes de las empresas norteamericanas, condición para que se apruebe el TLC, será la tercera.

 

La nueva institucionalidad empresarial (estudios de abogados y asesores tributarios, consultoras, empresas de opinión) que gira en torno a los intereses corporativos ha generado una perspectiva de análisis sobre la economía predominantemente neoliberal.

En materia de opinión especializada, cada vez se recurre menos a las universidades y más a los expertos de opinión de esta nueva institucionalidad empresarial.
Sin embargo, en materia de opinión pública el poder corporativo comienza a perder influencia visiblemente. El nuevo modelo reina, pero el cuestionamiento social aumenta.

Lo demuestra el paro de la CGTP del 14 de julio. El hecho de que no existan encuestas de opinión sobre el poder corporativo, ausencia interesada por cierto, me lleva a pensar que su popularidad es baja y, por lo tanto, impublicable.

 

Estado y corporación
Respecto de las relaciones con el Estado, ocurren varios cambios importantes. Desde 1990 a la fecha, ramas claves del Estado en el manejo económico han estado en manos de empresarios o técnicos-empresarios, es decir, personajes muy cercanos o provenientes del círculo de grandes corporaciones. A ello se suma la presencia de gerentes y especialistas de la banca o de las grandes multinacionales como asesores de alto nivel. El principal espacio gubernamental donde se siente esta presencia es el MEF.

El hecho de que las campañas se financien más por grandes contribuciones de empresas que operan en el Perú, y que cada vez sean más caras, hace a los políticos muy sensibles a los intereses corporativos. El caso de Toledo lo demuestra. Pasará lo mismo con los próximos candidatos, dependiendo de si aceptan sin ambages y en privado las contribuciones por venir.

Sin embargo, hay cambios y contracorrientes a considerar. Desde el 2001, dada la desconcentración del poder político, ha ocurrido una mayor independencia del Poder Judicial en materia de juicios anticorrupción. Por su parte, el Congreso de la República ha organizado diversas comisiones investigadoras de delitos económicos. De uno y otro lado se ha generado una considerable lista de empresarios y técnicos asociados al mundo empresarial envueltos en litigios judiciales. Estos cambios y balanceo de poderes han tomado por sorpresa a los intereses económicos involucrados en investigaciones y habrá que ver cuáles son los resultados. Más generalmente, aunque el nuevo poder corporativo ha tenido capacidad de reacción, en parte gracias a su influencia en los medios, y muestra cierta capacidad de "manejar la incertidumbre", lo que se escapa de su control es su relación con la sociedad civil.

En suma, las relaciones entre las corporaciones y el Estado son más cercanas y estables, bastante íntimas. Igual sucede con la prensa. Pero lo que preocupa de la política a los grandes empresarios y gerentes no viene de allí, sino del entorno social. Y eso puede traducirse en cambios bruscos legislativos propuestos por el Congreso y hasta por el ejecutivo el día de mañana.

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