A propósito del poder y la cultura de la pendejada

Entrevista a Alvaro Vargas Llosa

Los resultados de la encuesta anual del poder de APOYO suscitan diversas reacciones e interpretaciones. Más allá de su lectura más superficial, de alguna manera dicen mucho sobre la salud democrática del Perú, y sobre la idiosincrasia peruana. Gonzalo Zegarra Mulanovich, editor de Semana Económica, entrevistó a Álvaro Vargas Llosa sobre diversos temas vinculados a la coyuntura -y a la estructura- del ejercicio del poder político en el Perú.


¿Cuál es el concepto de poder en la psicología del presidente Alejandro Toledo y cómo se refleja esa idea en el ejercicio del poder en su gobierno?

El Presidente representa, en una versión "chicha", que no es ajena al deterioro general de la últimas décadas, los dos males atávicos de la política peruana: patrimonialismo y clientelismo. El patrimonialismo es el ejercicio del poder en tanto que propiedad. El clientelismo, que es un pariente menor del patrimonialismo, consiste en el ejercicio del poder en tanto que renta política.

¿Esa concepción está generalizada en el gobierno y en la idiosincrasia peruana? Es decir, ¿qué tan disociado cree usted que está el ejercicio del poder de la moral pública en el Perú (no sólo en el gobierno, sino en todas las esferas de poder: político, económico, cultural, etcétera)?
El poder es hoy la única vía para el éxito económico o el ascenso social. Esa realidad ha tenido el doble efecto de divorciar al poder de la moral pública y de adormecer el músculo civil, ya que el escepticismo hace que la sociedad no se organice para señalarle al poder sus límites. La cultura de la "pendejada" es la cultura cínica por excelencia: estrategia de supervivencia, pero también claudicación civil y moral. Ortega y Gasset escribió: "La mayoría de los seres humanos poseen una capacidad mínima para… ser por cuenta propia y se sienten felices cuando la sociedad… los exonera de ese compromiso y les introduce el sistema de deseos humanos que son los usos". La recuperación del Perú pasa por devolver a ese ciudadano civilmente desarmado la responsabilidad de su destino -y esto nada tiene que ver con marchar por un aumento salarial-; cuando eso pase, los ciudadanos forzarán el matrimonio del poder y la moral pública.

Pero, más allá del ciudadano "de a pie", ¿cree usted que la "clase dirigente" del Perú ha estado históricamente a la altura de lo que el país requiere?
Soy implacable con nuestra clase dirigente. No ignoro que las conductas en la base de la pirámide son hoy tan reprochables en muchos sentidos como lo son arriba, por una herencia antigua. Pero la clase dirigente continúa perpetuando el sistema que rige la vida peruana y al que calza como guante la definición de Stanislav Andreski: "Cuando la explotación parasitística permea a una sociedad, las opciones son despellejar o ser despellejado". El problema, decía él, no es el capitalismo sino esa "involución parasitística del capitalismo". El parasitismo de nuestra clase dirigente, para la que el poder es un mecanismo que permite vivir de los demás, es el gran enemigo. El error del marxismo criollo fue creer que derrotar al parasitismo de la clase dirigente pasaba por expropiarla. No: pasa por transferir el poder al individuo, como consumidor pero también como poseedor del derecho a crear, producir, asociarse, contratar, intercambiar, al mismo tiempo que a expresarse, a organizarse y a participar. La única sociedad vertebrada y con abundante cooperación social es aquélla en la que los individuos, no las facciones, tienen el poder. La historia premió a los que se acercaron más a este ideal.

Dejando un poco de lado el "deber-ser" y centrándonos más en la realidad social peruana actual, ¿cuán eficaz cree usted que es el poder que formalmente tiene el presidente Toledo?
La eficacia del mandatario es limitada porque no existe un sentido de horizonte y, por tanto, tampoco se ha organizado un equipo de gobierno en función de ese horizonte. Lo que hay son unos pocos instintos económicos -por ejemplo, "la inflación es mala, asustar a los compradores de bonos es peligroso"- y unos mecanismos de supervivencia política -"el FIM me garantiza votos parlamentarios y me blinda contra Alan García, ofrecerle el premierato a Lourdes Flores neutralizaría la posibilidad de una declaración de vacancia presidencial, cultivar a (Mario) Vargas Llosa me ayuda a disminuir el deterioro del frente externo y neutraliza las críticas de los liberales, etcétera"-. La mera gestión de crisis en un país institucionalizado, con Estado de Derecho y una clase media sólida y numerosa, no es mortal. La mera gestión de crisis en un país como el Perú -mezclada con esa cultura de la "pendejada" a la que me referí antes, que oscila entre lo mediocre y lo inmoral- es enemiga de toda eficacia.

¿Cuánto poder efectivo cree usted que tienen quienes rodean de cerca al Presidente?
El tema de fondo es el poder vicario o informal de los que son percibidos como representantes del poder presidencial. Solemos definir el poder de las personas cercanas al Presidente como una capacidad para influir en él. La experiencia reciente demuestra que mucho más sensible es el poder que ejercen por cuenta propia quienes son percibidos como mandatarios del Presidente. A diferencia de los ministros, que son fiscalizados, los poderes informales no rinden cuentas. No pueden decidir la composición del gabinete, pero sí pueden poner en movimiento a funcionarios públicos y recursos para determinado fin; controlar jueces o medios de comunicación, satisfacer sus intereses -incluidos los económicos- a través del Estado, ajustar cuentas con adversarios o filtrar la información que llega al Presidente. Esto vale para la Primera Dama, para el entorno israelí y para quienes pululan en Palacio bajo "asesorías" o "secretarías generales". No hay freno institucional para ese poder, el único freno existente es el cultural, es decir el que la esposa, el amigo o el asesor se impongan a sí mismos a partir de sus propios valores éticos. Hemos visto que el freno "cultural" no abunda.

¿Usted cree que en el gobierno hay la suficiente capacidad para administrar la cuota de poder que tiene el Ejecutivo?
Cuando las metas son salvar el día y ganarle puntos al adversario, la inercia del Estado y de las instituciones subdesarrolladas limita toda eficacia real. La eficacia que de tanto en tanto se puede exhibir tiene más que ver con la pequeña maniobra que con lo que realmente importa: invertir la relación Estado-ciudadano. Un buen ejemplo son las maniobras para transferir proyectos a las regiones sin transferirlas de verdad, mediante directorios controlados por el gobierno central. Ese juego de poder atenta contra todo principio de administración gubernamental.

¿Qué opina de la premier Beatriz Merino? ¿Puede ella mejorar la administración del poder en el actual gobierno?
Beatriz es una cereza ética y liberal en un pastel mercantilista y venal. Baila la Macarena como los dioses.

¿A quién cree usted que Toledo debería escuchar y a quién debería dejar de escuchar?
Debería escuchar a su padre, don Anatolio, que es un hombre humilde y sabio. Debería dejar de escuchar -pero sobre todo, como lo dije antes, dejar de permitir que actúen en su nombre- a todos los asesores y mercachifles que lo rodean, sin una sola excepción.

¿Qué contrapesos cree que tiene el poder del presidente Toledo en el Perú?
En el país desinstitucionalizado y tribal que somos, el único contrapeso real lo constituyen las encuestas. El parlamento no ha sido un contrapeso real. Todo aquello que al mandatario le ha interesado ha sido aprobado y aquello que no lo ha sido, aun en contra del Ejecutivo, ha sido por actuación de Perú Posible con guiños del propio Presidente. El Poder Judicial, la institución clave, tiene el síndrome de inmunodeficiencia y, por tanto, ha sido fácil presa de todos los gérmenes del país. Los medios de comunicación son más libres en prensa escrita que en la televisión, donde la justicia politizada se ha encargado de ordenarle las cosas al gobierno y renacen las viejas prácticas. Las encuestas son la protección mayor que tiene el ciudadano hoy frente al poder de su Presidente. Es decir: son la única institución que reduce en algo el poder presidencial y aumenta el del ciudadano. Juro que esto no es una ironía.

Profundizando un poco más en el poder de los medios de comunicación social, ¿cuánto poder real cree que tiene la prensa en el Perú?
Fujimori surgió en la primera vuelta de 1990 al margen de la prensa. La prensa de la dictadura no pudo impedir el fenómeno Toledo en la primera vuelta del 2000. La televisión, cuyos noticieros son más bien oficialistas, no han podido convertir en un Presidente popular al propio Alejandro Toledo. Por tanto, su poder es relativo. Pero no nos engañemos: el poder de la prensa es lo bastante grande como para que los políticos consuman una parte considerable de su energía buscando su control. Murray Rothbard escribió que "la única libertad de expresión de la que vale la pena hablar es aquella que permite la expresión de grupos e ideologías que odiamos". Estamos todavía lejos.

¿Cómo ve en términos de salud/patología institucional la actual distribución del poder en el Perú?
El Perú pasó de la República Aristocrática, que imperó entre 1870 y 1930, fechas arbitrarias, a la República Populista en los años sesenta y de allí a la República Informal de las últimas décadas. Por definición, en la República Informal las instituciones formales tienen poca legitimidad. Ese poder formal en parte se ha disuelto en una masa heterogénea de instituciones arraigadas en la vida informal, que no constituyen todavía una sociedad civil. Decir esto no es desconocer el poder del Estado: es precisamente el Estado el que ha desovado ese mundo paralelo que no tiene protecciones formales y, por consiguiente, es muy improductivo y amorfo. Y el Estado es todavía el que decide el destino de las personas y las empresas. En los años noventa hubo una transferencia de activos estatales, pero no de responsabilidades: el poder político, a través de un enjambre normativo y de poderes de coacción institucionales, sigue administrando derechos de propiedad de forma fragmentaria y discriminatoria, transfiriendo riqueza por todos lados, protegiendo rentas privilegiadas y haciendo del funcionario un agente de intereses.

Pero en la actual coyuntura política, ¿cree usted que la institucionalidad democrática esté en peligro, como muchos sostienen?
No tenemos nada que merezca el nombre de institucionalidad democrática. Tenemos elecciones, parlamento y titulares críticos en los diarios, además de manifestaciones y huelgas de tanto en tanto. Eso no es Estado de Derecho. Si lo fuera, la "democracia" no se habría venido abajo tantas veces en el Perú. En cuanto al gobierno, veo pocas posibilidades de que sucumba porque tiene una legitimidad de partida, y es que los militares están muy deslegitimados y ninguno de los actores políticos clave está buscando su caída abiertamente. No subestimo la capacidad del presidente Toledo para hacer durar su poder hasta el final. Y no dudo que si tuviera 60% de aprobación en las encuestas buscaría la reelección en el 2006. 

¿Quién cree que será el próximo presidente del Perú?
El que pueda sobrevivir mejor al desgaste que está imponiendo a la oposición el deterioro generalizado de la confianza en la clase dirigente y el gobierno. O ese dark horse que pueda surgir a último minuto a contrapelo de la clase política y que sea capaz de sortear el laberinto de obstáculos que impedirán su candidatura.

¿Y cómo cree usted que debería ser el próximo presidente?
Me seduce la idea de una mujer de no más de 45 años, a la cabeza de un partido liberal -con una propuesta integral y principista, y cuadros muy formados que le den una sólida base social-, capaz de articular, alrededor de ese núcleo fuerte, un gobierno que sume a lo mejor de la izquierda para acabar con la cultura del privilegio y a lo mejor de la derecha para acabar con la cultura de la dependencia. Ella debería convocar a mi generación para insurgir contra la opresión del Estado; debería pedirle a sus mayores que le señalen los límites de lo posible y a sus menores que la obliguen a romperlos.

¿Se refiere a Lourdes Flores?
No, necesariamente. Aunque tengo consideración por ella y hubiera sido mucho mejor presidenta que Alejandro Toledo, pensaba en una figura que reúna las características que mencioné.

¿Qué haría usted si fuera el hombre más poderoso del Perú?
Pasar una noche en Palacio con tanto poder debe ser como tratar de conciliar el sueño después de comerse un rinoceronte. Empezaría a transferir ese poder al ciudadano desde el primer instante.

¿Lo tienta el poder?
Si me hubiese tentado un poco más, me habría ahorrado la persecución de Palacio y mis hijos no tendrían hoy un padre que figura en una lista, junto con la escoria de la sociedad peruana, en todas las dependencias policiales y fronteras del país.

 

Publicado en Semana Económica No. 879, 21 de julio del 2003

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