Del Poder y otros demonios

Por Gonzalo Zegarra Mulanovich, Editor de Semana Económica

Sí, el Poder es un demonio o incluso más, es el demonio mismo. Es acaso la fuente de todo mal (humano), o la razón última de muchos males. Más que el amor del hombre por la guerra o el dinero, la historia demuestra que la añoranza o deseo insaciable de poder, o la embriaguez de éste, explican las más atroces maldades infligidas a la humanidad desde el principio de los tiempos hasta hoy.

Descontrolado, el poder no sólo corrompe –como sentenciaba con acierto Lord Achton–, también mata. Desde Montesinos hasta Hitler, pasando por Idi Amin, los ejemplos proliferan. Sin embargo, las sociedades modernas –con su incomparable soberbia– parecen haber olvidado la sabiduría implícita en esa intuitiva constatación primitiva. Basta con revisar los mitos fundacionales de occidente –el génesis de la Biblia– para descubrir cómo la maldad consustancial al poder ejercido por los seres creados impregna todas sus desgracias.  Era poder lo que quería Lucifer al revelarse contra el Creador, como poder era lo que simbolizaba el árbol prohibido del conocimiento (que el folclor identifica con la manzana) del que comieron sin permiso Adán y Eva. Y un alarde de poder absoluto e ilimitado –que a nadie tiene que rendir cuentas– parece implícito en el discurso, o al menos en la conducta, de ese Dios un tanto frívolo (se deja tentar por Satanás) que describe el Libro de Job. 

Y, sin embargo, el poder es necesario para la organización social del hombre, para la vida en sociedad. Para ser útil, pues, el poder requiere límites, porque es una suerte de bien (público) riesgoso. En eso consiste la democracia: en limitar el poder. Por eso la política requiere madurez; la humildad necesaria para que quien lo ejerza no sólo someta a su autoridad a otros, sino que a su vez se someta él mismo a ciertos parámetros, generalmente establecidos en la Constitución. Pero ya sabemos que madurez es lo que menos abunda en la vida política peruana; por eso –acaso– el atractivo de esta encuesta, que aspira secretamente a develar poderes ocultos, poco evidentes o contraintuitivos.

La Encuesta del Poder refleja, pues, la opinión autorizada y calificada de un selecto grupo de líderes de opinión, cuya lectura de los acontecimientos nacionales es más aguda que la del común de los ciudadanos. Su apreciación sobre determinados hechos y personas permite que la encuesta analice y desmenuce el ejercicio y la estructura del poder en el Perú de la manera más certera. Por ello, la encuesta pone al descubierto información cuyo conocimiento resulta indispensable para la realización de cualquier tipo de estudio económico, proyección o pronóstico que requieran –para tener un panorama creíble del país y sus riesgos políticos– las empresas, los inversionistas, los fondos de inversión, los bancos, las consultoras y los bancos de inversión interesados en el Perú.

¿Qué nos dice este año, entonces, la Encuesta del Poder sobre el ejercicio de dicha atribución en el Perú? Muchas cosas, algunas de las cuales estén acaso anticipando interesantes tendencias, fenómenos y hasta hechos en proceso de concreción durante los meses venideros, que –como se sabe– resultan de fundamental gravitación para el rumbo que tomará el país después de las elecciones generales del 2006.

Nótese en primer lugar que este año se rompió la extraña percepción (inédita en otros gobiernos) en virtud de la cual Alan García, líder del APRA y la oposición, ostentaba el segundo lugar en la nomenclatura del poder; pues el ministro de Economía, Pedro Pablo Kuczynski (PPK), lo ha superado. ¿Influirá este resultado en las decisiones que, sobre sus respectivos futuros políticos, adopte cada uno de estos personajes? Ellos tienen la palabra, pero lo cierto es que –cualquiera sea su respuesta– es poco probable que ella cambie la rara mezcla de optimismo y pesimismo que los líderes de opinión han desplegado al momento de hacer sus proyecciones sobre si habrá más intervención estatal en las áreas claves de la economía, y sobre si habrá avances o retrocesos en las políticas públicas claves para la institucionalidad del país. “Confianza en el anteojo, no en el ojo” reza un verso de “Los nueve monstruos”, el elocuente poema del imbatible César Vallejo. Pues bien, los líderes de opinión peruanos parecen confiar más en el ojo (las personas) que en el anteojo (el Estado); ya que sólo así puede explicarse que pongan casi todos los huevos de sus esperanzas en las canastas donde es el sector privado el que marca la pauta, y muy pocas en aquellas donde lo hace el Estado. ¿Será porque el Estado es la expresión por antonomasia del Poder, y cuando en la política no hay madurez –como no la hay en el Perú– entonces el Estado autocumple la profecía de convertirse en la fuente de todo mal, o al menos en el de la mayoría de los males del país? Tal vez semejante conclusión sea algo apresurada, o algo prejuiciosa. En todo caso, será el lector quien con su propio juicio la descarte o la confirme al revisar los resultados de la encuesta, y al dar lectura a los excelentes comentarios que hemos escogido para acompañarla en esta edición anual: José Luis Sardón aborda el poder del Congreso; Cynthia Sanborn, el de la clase empresarial; Fernando Rospigliosi, los riesgos de una ruptura constitucional; Alfredo Torres, la fantasmagoría de un potencial outsider; y Gabriel Ortiz de Zevallos, la de los posibles conflictos sociales.

Como en todas las anteriores versiones de la encuesta, se ha eliminado de la encuesta toda referencia a las empresas del Grupo APOYO y sus empleados.

Publicado en la edición No. 980 de Semana Económica, 24 de julio del 2005

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