Dejar las Bambalinas

Por Cynthia A. Sanborn, Jefa del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad del Pacífico.


El poder se entiende como la capacidad de lograr objetivos y de influir en los demás.  En este sentido, son pocos los empresarios considerados poderosos en el Perú. Media docena figura cada año entre los Top 30 de La Encuesta del Poder, incluyendo aquellos con gran patrimonio económico, amigos del Presidente, y los convocados por éste al gabinete. Aunque hay uno que otro Waisman o Andrade, la mayoría ejerce un poder privado y "fáctico": no lideran partidos ni movimientos cívicos, ni se exponen a la competencia política abierta. La mayoría también tiene un poder transitorio. Apenas tres nombres figuran en forma repetida durante las últimas dos décadas: Dionisio Romero, Genaro Delgado Parker y Alejandro Miró Quesada.

 

En un país donde abundan empresarios (pequeños, medianos y grandes); donde miles de jóvenes estudian administración de empresas, y donde más de 35% de los congresistas se declaran empresarios de profesión o de práctica, ¿por qué tan pocos tienen influencia perceptible por la opinión pública calificada?

En parte es un problema de percepción.   La economía se rige por fuerzas cada vez más globales, y la sociedad se organiza en formas cada vez más dinámicas, pero seguimos pensando que el poder se concentra en el Estado, y que el país se maneja desde la Presidencia y desde la capital.  Probablemente, hay otros empresarios que influyen en el curso del país aunque no aparecen en el radar de la encuesta.

Pero el bajo perfil de los empresarios también refleja la realidad del sistema político, caracterizado sobre todo por su gran volatilidad.  En el Perú no solamente cambian con frecuencia los partidos, los candidatos y las preferencias electorales, sino también el régimen y las reglas básicas del juego.  Desde 1980, la mayoría de congresistas -casi 70% de cada parlamento- no son reelegidos, y los pocos que permanecen no son precisamente empresarios.  En este contexto, la conducta racional para un empresario exitoso es la de acomodarse al régimen y al gobernante de turno.  Cultivar relaciones privadas con la autoridad relevante, hacer aportes (confidenciales y sin factura) a diversas campañas electorales, pero no comprometerse públicamente.

En los años noventa más empresarios "se la jugaron" públicamente, primero con el Movimiento Libertad y luego con Fujimori, cuyo régimen dio un papel prominente a líderes de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (Confiep) en el gabinete y el Congreso, además de mejorar el contexto y las oportunidades para hacer negocios. Jaime de Althaus anunció en 1993 que los empresarios habían "dejado las bambalinas" y los lobbies, a favor de la libre competencia y la participación política abierta ("Están gobernando" dijo, "pero no para sí, sino para el país" ). En realidad, ellos se involucraron en una red de clientela y corrupción más oculta que antes, revelada a través de los "vladivideos", los contratos vergonzosos y las múltiples investigaciones judiciales.  

El repliegue político de los empresarios grandes se relaciona con esta pérdida de credibilidad pública, y también con el debilitamiento económico de varios de ellos, fruto de la mayor competencia internacional.  Los que han tomado su lugar en el mercado, a menudo inversionistas extranjeros, tienen menos incentivos aún para involucrarse en actividades de la esfera pública.  

El contexto político actual es más volátil, y el poder político es más disperso. Los empresarios se han beneficiado de la estabilidad macroeconómica y los múltiples canales de acceso al Estado para avanzar intereses particulares. Sin embargo, la incapacidad del gobierno de lograr objetivos sociales alienta nuevos poderes y alianzas, algunos de los cuales se dirigen en contra de prominentes empresas grandes. A puertas del 2006, además, hay tantos actores en escena que es poco probable tener un ganador con mayoría parlamentaria y mandato claro para gobernar. En este contexto, es probable que los más astutos se mantendrán detrás de las bambalinas -y los recientes cambios propuestos a la Ley de Partidos parecen ir en esta dirección-. Aunque sin duda veremos numerosos candidatos con experiencia en negocios, probablemente serán los que no tienen mucho que perder empresarialmente. 

La política no es el único camino para influir en el país. ¿Por qué los empresarios tampoco son percibidos con poder en la sociedad civil? El estereotipo del gran empresario peruano es uno que vive de espaldas a la sociedad y de cara a Miami, y cuyo desdén o temor frente a sus compatriotas lo inhiben de formar alianzas amplias para el cambio social. Sin embargo, en los últimos años el rostro y las relaciones sociales del empresariado se han modificado. Desde los Wong y Añaños hasta los ejecutivos de Tintaya y Antamina, la práctica de la "Responsabilidad Social" es algo más que un cliché, es parte esencial del negocio. Para algunos, significa mejor calidad y precios, y mejor servicio para el cliente de diverso origen social. Para otros, significa entablar relaciones directas con la comunidad, crear fundaciones públicamente registradas, o firmar compromisos de inversión que pueden ser vigilados por los mismos beneficiados.

Todavía parecen pocos los empresarios nacionales que siguen este camino. Las entidades que más predican el liberalismo con responsabilidad social -Instituto Libertad y Democracia, Perú 2021, la misma Confiep- dependen más de donantes y contratos internacionales que de sus propias bases "naturales". Cuando los empresarios ponen orden en su propia casa, cuando invierten y diversifican sus raíces en la sociedad, pueden influir en forma más definitiva el destino de su comunidad, provincia, y nación;  incluso cuando los encuestados por APOYO no los puedan ver. (

 

Publicado en Semana Económica No. 980, 24 de julio del 2005

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